Mostrando entradas con la etiqueta 1978. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1978. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de agosto de 2020

Kitaro (1978).

 

Ten Kai: Pionero de la electrónica que se perdió en el género.


De Gabriel Áyax Adán Axtle







Año: 1978
Disquera: Zen
Temas: 1) By the Seaside. 2) Soul of the Sea. 3) Micro Cosmos. 4) Beat. 5) Fire. 6) Mu. 7) Dawn of the Astral. 8) Endless Dreamy World. 9) Kaiso. 10) Astral Voyage.

A la hora de apreciar un trabajo artístico, las etiquetas resultan, en la mayoría de las veces, un lastre, pues más allá de guiar la escucha de un disco determinado, establecen prejuicios y expectativas ligados a visiones sesgadas de la realidad. En la mayoría de los casos, los términos que se usan para nombrar géneros, están lejos de referir rasgos musicales, su origen o los medios con los que se conforma la música. Pocos dicen algo sobre lo que hemos de escuchar como sí lo hacen los conceptos electrónica o electroacústica. La realidad es que, más allá de establecer una línea de apreciación, tales palabras responden a criterios mercantiles que ante todo pretenden establecer fantasías que hagan a la música un producto más vendible, creando puntos de identidad en el consumidor como los son estrato económico, grupos sociales, perspectivas ideológicas e intenciones de uso. Hay que enfatizar, que los términos usados para etiquetar son sólo parodias de la realidad, prejuicios, parcialismos que alejan al escucha de trabajos que vale la pena conocer sin preconcepciones.


Es por lo anterior, que muchos artistas se niegan a ser llamados a las filas de un género, cualquiera que éste sea. Por un lado, aceptarlo coloca limitaciones creativas que no les permite explorar la diversidad de posibilidades sonoras; por otro, estereotipa las expectativas de los escuchas, quienes mantendrán poca tolerancia ante los riesgos que los músicos deseen tomar. La etiqueta coarta el ingenio y estrecha la disposición de la apreciación.


La música compuesta por Kitaro ha corrido tal suerte, desde las dos perspectivas. Su propuesta ha sido vista con sospecha cuando se cataloga como new age, cuando lo cierto es que el artista ha salido de otras filas que se fueron diversificando en estilos nuevos que difícilmente se pueden englobar en su totalidad en tal término; sumado a esto, ha habido una aceptación no explícita de esta etiqueta, que ha orillado al artista a caer en los lugares comunes establecidos, limitando así las posibilidades creativas. A pesar de esto último, su discografía amerita la revisión de algunas grabaciones con valía. Sutilmente, en su música puede apreciarse la influencia de géneros diversos del ámbito popular que enriquecen las propuestas que ofrece, por ejemplo, su disco colaborativo con Jon Anderson, Dream (1992).


Cuando en 1978, el músico presentó su debut Ten Kai, conocido en el mundo occidental como Astral Voyager, ofreció un material novedoso y sorprendente. En este sentido, no puede negarse que estuvo entre los pioneros de la música electrónica, y que mostró una perspectiva muy distinta a las exploraciones claustrofóbicas dadas en las propuestas alemanas, como a los paisajes contemplativos y casi estáticos trabajados por Brian Eno. Muy contrariamente, en Ten Kai, el músico presenta un sonido más amable con la audiencia. De tal forma que parte de las exploraciones de la electrónica alemana bajo la guía de Klaus Schulze, para usar arpegiadores y secuenciadores. Con estos establece las bases rítmicas. A esto suma algunos recursos de la música japonesa sin pretender mantener una relación antropológica o arqueológica. 


La combinación de estos dos recursos es la que caracteriza el sonido de Kitaro y lo diferencia de otros artistas que igualmente comenzaban a sentir atracción por los emuladores electrónicos. Algunos ejemplos se encuentran en Isao Tomita y Ryuichi Sakamoto. Para éstos era claro que la fuerza de los sintetizadores no estaba en imitar instrumentos ya existentes, sino en ofrecer timbres sorprendentes en estilos que representaban la modernidad: la música occidental, tanto la académica como el rock y el jazz. Así, Tomita va a revestir la música clásica con una paleta tímbrica novedosa, aunque no siempre efectiva; y Sakamoto va establecer una fusión variopinta entre esta nueva electrónica, el jazz y el pop. En este sentido, lo que hace Kitaro resulta inesperado y novedoso. Mantiene una actitud más lírica ante su trabajo, y se aleja más de lo que otros hacían, pues aunque está seducido por la música europea, procura no renunciar a las referencias orientales. Así, las escalas occidentales van a estar aderezadas con los timbres del sitar o el koto.


Su trabajo es contemplativo, sin ser meramente ambiental. Así, acude al uso de fraseos breves para construir estribillos. Los sonidos sintéticos evocan paisajes y se condimentan con los timbres de algunos instrumentos electroacústicos, mayoritariamente interpretados por Kitaro: bajo, batería y percusiones diversas, guitarra, koto, mandolina. En Ten Kai, el músico es acompañado por dos invitados más, Ryusuke Seto y Lavi, quienes se encargan de la vihuela japonesa, el shakuhachi y el sitar. Las diez piezas se van entrelazando para conformar un todo.


Este primer trabajo ya presenta el sello distintivo de la música de Kitaro, con el atractivo de no ser, a pesar de su carácter melódico, un disco completamente complaciente. Las piezas construyen una realidad estética peculiar que ningún otro compositor logró, y que plantan la semilla para otros discos atractivos como lo son Daichi (1979) también publicado como From de Full Moon StoryOasis (1979), Ki (1981), así como los discos que conforman la serie Silk Road (1980-81). 


Es verdad, que el estilo de Kitaro ha tenido un desarrollo poco variable a lo largo de los años, que parece atrapado en el mismo universo sonoro que presentó desde Astral Voyager, y que por lo mismo, ha conformado clichés de una etiqueta que parece estar limitada a la producción de música etérea, repetitiva y, hay que decirlo, muchas veces soporífera. A pesar de esto, si se renuncia a los prejuicios que estos términos generan, se podrá apreciar que este compositor multi instrumentista, ha aportado trabajos que tienen el mérito de distinguirse frente a mucho desperdicio generado bajo el concepto new age. Su sonido no tiene parangón, y una buena parte de sus discos resultan imaginativos y placenteros.






domingo, 22 de marzo de 2020

Vangelis (1978).


Beaubourg: Música sintética sin límites.



De Gabriel Áyax Adán Axtle




Año: 1978
Disquera: RCA
Temas: 1) Beaubourg, Part 1. 2) Beaubourg Part 2


Este es uno de los discos más arriesgados y por lo mismo más incomprendidos del músico griego Evangelios Papathanassious, popularmente conocido como Vangelis. Se trata de un trabajo en el que la música apuesta por el expresionismo y la atonalidad sintética. Lo que significa que las dos partes que conforman la totalidad carecen de melodías y ritmos repetitivos y asimilables. Las reglas son la ruptura, el cambio sorpresivo de timbres, de ambientes, la irrupción abrupta de temas por otros que, a los pocos segundos de desarrollarse, sufrirán la misma transgresión, como si cada instante del álbum fuera producto de un sistema aleatorio en el que no puede predecirse lo que vendrá. Desde los primeros segundos es claro que exige del escucha participación para conformar del sonido una obra admirable, que resultará de la revisión detenida de cada parte del disco, y entonces se muestra como obra del intelecto y la creatividad.

La escucha atenta del álbum deja ver que cuenta con una estructura clara. Las secciones introductorias de cada parte son contundentes, llenas de tensión y dramatismo. a éstas les sigue el desarrollo por pasajes en los que se establece un diálogo entre la armonía y la disonancia que culmina en un tema lento y contemplativo.

Sin embargo, la descripción anterior no es suficiente para determinar la calidad del álbum. Hay que destacar la habilidad del artista para ofrecer, a lo largo de los dos temas, una muestra amplia de las posibilidades que ofrecían los instrumentos electrónicos de su momento. Pocos artistas veían en éstos oportunidades musicales, y mucho menos herramientas fundamentales de composición. Para el músico griego en cambio, se extienden los alcances de los sintetizadores a través de las opciones que el mismo estudio ofrece, pero también, y debe decirse, a través de la creatividad del artista. Como muestra se hayan las dos partes en las que no sólo se aprecia una diversidad tímbrica, sino incluso emisiones con diversas posibilidades expresivas. Aún ahora, Beaubourg sigue siendo un lienzo salpicado de múltiples emociones que se enlazan en contrapuntos.

Algunos críticos desconcertados con la publicación de Beaubourg consideraron que el contenido del disco era una respuesta a la exigencia de la disquera RCA por cerrar el contrato con la última grabación estipulada. Sin embargo, el ingeniero de sonido Keith Spencer-Allen ha dicho que Vangelis se entregó a la composición de la obra con el mismo esmero visto en sus trabajos anteriores, y con la claridad de lo que buscaba. En ese sentido, no estamos ni ante un ensayo ni experimento. La obra es lo que el autor quiso desde el inicio.

La discografía de Vangelis es una de las más extensas y diversas, y aun cuando se puede localizar en éstas rasgos distintivos del artista, también se encuentran diversos terrenos musicales: rock progresivo, pop, jazz, composiciones sinfónicas y operísticas, géneros étnicos, entre tantos otros.  Pero en todo su trabajo sólo pueden encontrarse a lo sumo dos placas más con las características de Beaubourg. Sin embargo, eso no significa que se trate de un trabajo azaroso.

En realidad, el gusto por la exploración sonora es una vertiente por la que varios artistas de la década se sintieron atraídos, y la abstracción fue una de las líneas de interés, desde composiciones aisladas como Revolution no. 9 de The Beatles, hasta los trabajos más arriesgados de Franz Zappa o Soft Machine. No hay que perder de vista que la carrera de Vangelis inició en los terrenos del progresivo y que fue desde esa arista que forjó un sello distintivo. Así entonces se puede rastrear su fascinación por las diversas posibilidades sonoras desde su debut solista Sex Power (1970), en el que a pesar de su perfil discreto y mayoritariamente melodioso, en las últimas partes ofrece una pasaje oscuro y disonante. Posteriormente, la aparición desaprobada por el artista de Hyphotesis (1971) mostró su interés por el jazz y la abstracción. En Ignacio (1975) presenta un pasaje percusivo en el que los ritmos son cambiantes e inesperados. Incluso después de la apuesta que representó Beaubourg el músico volvió a los mismos terrenos, y lo hizo con mayor radicalidad con Invisible Connections (1985), y recuperó los ecos sonoros de la placa de 1978 con el soundtrack del filme Picasso (1982), aún no publicado de forma oficial.

La imagen panorámica de la carrera toda de Vangelis pone en evidencia que la búsqueda de formas expresivas diversas, ya no de la música sino del sonido mismo, es la constante en este artista.

Sin duda Beaubourg es un trabajo que, inspirado en el arte abstracto, busca reconstruir en sonido la plasticidad cambiante y sorpresiva del expresionismo pictórico, y al igual que las obras que motivan el surgimiento de este disco, requiere varios acercamientos de un escucha sin prejuicios, ni expectativas formadas por otros trabajos del artista. Acercarse a Beaubourg exige un escucha partícipe, dispuesto a dejarse sorprender por una obra que lleva la electrónica a campos abiertos en los que la armonía, el ritmo y los timbres de la música tradicional son restricciones a las que se debe renunciar, para construir un lenguaje nuevo, y por tanto, mágico, que espera sensibilidades nuevas, dispuestas a arriesgarse a un viaje sin destino conocido.






Entrada destacada

David Bowie (1977).

Low : El renacimiento de David Bowie. De Gabriel Áyax Adán Axtle Año: 1977 Disquera: RCA Temas: 1) Speed Of...