Obras que desconciertan y sorprenden, deben escucharse, al menos una vez.
martes, 31 de agosto de 2021
Tangerine Dream (1972)
lunes, 29 de marzo de 2021
U2 (1993)
viernes, 26 de febrero de 2021
Camouflage (1989)
Methods of Silence: El problema de llegar tarde.
viernes, 12 de febrero de 2021
Lou Reed (1975).
martes, 9 de febrero de 2021
Scott Walker (1995)
domingo, 29 de noviembre de 2020
Brian Eno (1982).
Ambient 4: On Land: El final de la travesía.
domingo, 13 de septiembre de 2020
Radiohead (2000).
Kid A: ¿El mejor disco?
Una guitarra atronadora abre con fuerza el álbum que para muchos representa el epítome de Radiohead, OK Computer (1997). A partir de ahí, sigue una combinación que equilibra melodías pop aderezadas con disonancias y una voz desgarradora que a veces llora y otras grita la desesperación.
Inmediatamente,
el disco lanzó a la estratósfera a una agrupación que aún no lograba
confirmarse, a pesar de que su trabajo anterior The Bends (1995), había superado por mucho al incipiente debut de
un solo éxito Pablo Honey (1993). No
hay duda que OK Computer representó
para la banda el punto de quiebre de ser meramente conocida a consagrarse entre
las pocas. A pesar de esto, resulta un trabajo un tanto obvio y
predecible. Es una grabación bastante
redonda que de principio a fin usa los recursos que colocan ante la audiencia un
espejo que les confirma la desesperación y el hartazgo. Basta escuchar a un Thom
Yorke que ha soltado el freno para escupir “Esperamos que te asfixies / que te
asfixies”, sobre una cortina de voces sintéticas que se esfuman en un último
suspiro. El pop y el rock se maridan para formar el éxito de las duplas
decepción y enojo, melodía y ruido. Así, este tercer disco representó la
culminación de la estética grunge en
la que nació la banda, y llevó al límite los recursos que ya estaban en aquel
lacrimoso “Creep” hacía cuatro años atrás.
Sin
embargo, no es sino con Kid A que Radiohead alcanza la cúspide creativa. En
esta placa, la estética de la agrupación apuesta por lanzarse al vacío con un
trabajo que no renuncia a evocar una sociedad alienada, pero que opta por
recursos inesperados y tanto más eficaces que los llantos desagarrados y
lastimosas guitarras danzando en melodías pegajosas. El disco que abre los años
2000, está lejos de querer repetir el éxito del 97, y lo hace con un trabajo
definitivo, con el que se inaugura un estilo nuevo, más inteligente y menos
obvio.
Por un
lado, el cuarteto que lidera Thom Yorke, se rinde a las cajas rítmicas y los sintetizadores.
Si bien las guitarras están ahí, pasan a un tercer plano. El trabajo percusivo
va a decantarse en ritmos complejos, que parecen dispuestos a romper con los
facilismos del pop. La paleta sonora de los instrumentos electrónicos hurga en
timbres extraños que parecen cortar mientras desfilan mecánicos y
estrambóticos. El paisaje se muestra gélido como aquellas montañas
antinaturales que ilustran la portada. Ni siquiera aquel canto de cuna que da
título al álbum presenta una caricia discreta y cálida. En todo este tejido, la
voz de Tom York emerge igualmente lejana, indiferente, a veces esquizofrénica.
Radiohead ha quitado todo sostén complaciente para el escucha. Hasta la
orquesta que comúnmente endulza y evoca un sonido orgánico, aparece en “How To Dissapear
Completely” como un elemento alienado, disonante (¿acaso un recurso tomado del
Scott Walker de “It’s Raining Today” o “The
Electrician”?) El sonido de Kid A es intrincado, laberíntico, sofocante. Tómense
como ejemplo los metales jazzeados que en “The National Anthem” desquician al
escucha.
Por otra parte, se haya un trabajo lírico que ha optado por la economía del lenguaje. Si en Ok Computer había un hilo narrativo más o menos claro. En esta cuarta placa hay una voz poética que opta por evocar sensaciones a través de versos sorpresivos y oníricos. “Hay dos colores en mi cabeza. / ¿Qué es lo que intento decir?”, reza en la apertura. La desarticulación letrística opera de forma muy distinta al canto que relata y describe abiertamente las emociones. Al escucha se le niega la posibilidad de dar orden al caos: “Luces estroboscópicas y altavoces reventados / fuegos artificiales y huracanes. / No estoy aquí”. De esta forma, las palabras construyen imágenes llenas de espacios indeterminados.
No es sino en el epílogo que representa “Motion
Picture Soundtrack” donde parece articularse una idea con mayor congruencia, y
que no hace sino volver a desarmar al escucha en esa especie de confesión suicida.
Así, estos recursos, desfilan y marcan un renacimiento de Radiohead. A pesar de la importancia que significó Ok Computer en la carrera de la banda, no deja de ser un trabajo un tanto predecible y obvio. Quizá el tiempo deje ver que es un disco valioso, aunque sobrevalorado. En un sentido meramente estético, Kid A presenta los mismos temas que yacen en la discografía íntegra del grupo, pero sin la parafernalia esperada. Si en el primero prevalece el dramatismo, en el segundo ronda la ironía, la mordacidad. En la forma está el fondo, y logra más que meramente emocionar y entumecer, disloca e incomoda al receptor. Aquí suenan los integrantes con mayor madurez y dominio de sus instrumentos. La precisión de su ejecución adquiere la misma puntería que hace que a este disco se le admire u odie. Jamás deja al escucha en medias tintas: la herida que abre es letal o fortalece. Hay que escucharlo para probarlo.
lunes, 10 de agosto de 2020
Kitaro (1978).
Ten Kai: Pionero de la electrónica que se perdió en el género.
A la hora de apreciar un trabajo artístico, las etiquetas resultan, en la mayoría de las veces, un lastre, pues más allá de guiar la escucha de un disco determinado, establecen prejuicios y expectativas ligados a visiones sesgadas de la realidad. En la mayoría de los casos, los términos que se usan para nombrar géneros, están lejos de referir rasgos musicales, su origen o los medios con los que se conforma la música. Pocos dicen algo sobre lo que hemos de escuchar como sí lo hacen los conceptos electrónica o electroacústica. La realidad es que, más allá de establecer una línea de apreciación, tales palabras responden a criterios mercantiles que ante todo pretenden establecer fantasías que hagan a la música un producto más vendible, creando puntos de identidad en el consumidor como los son estrato económico, grupos sociales, perspectivas ideológicas e intenciones de uso. Hay que enfatizar, que los términos usados para etiquetar son sólo parodias de la realidad, prejuicios, parcialismos que alejan al escucha de trabajos que vale la pena conocer sin preconcepciones.
Es por lo anterior, que muchos artistas se niegan a ser llamados a las filas de un género, cualquiera que éste sea. Por un lado, aceptarlo coloca limitaciones creativas que no les permite explorar la diversidad de posibilidades sonoras; por otro, estereotipa las expectativas de los escuchas, quienes mantendrán poca tolerancia ante los riesgos que los músicos deseen tomar. La etiqueta coarta el ingenio y estrecha la disposición de la apreciación.
La música compuesta por Kitaro ha corrido tal suerte, desde las dos perspectivas. Su propuesta ha sido vista con sospecha cuando se cataloga como new age, cuando lo cierto es que el artista ha salido de otras filas que se fueron diversificando en estilos nuevos que difícilmente se pueden englobar en su totalidad en tal término; sumado a esto, ha habido una aceptación no explícita de esta etiqueta, que ha orillado al artista a caer en los lugares comunes establecidos, limitando así las posibilidades creativas. A pesar de esto último, su discografía amerita la revisión de algunas grabaciones con valía. Sutilmente, en su música puede apreciarse la influencia de géneros diversos del ámbito popular que enriquecen las propuestas que ofrece, por ejemplo, su disco colaborativo con Jon Anderson, Dream (1992).
Cuando en 1978, el músico presentó su debut Ten Kai, conocido en el mundo occidental como Astral Voyager, ofreció un material novedoso y sorprendente. En este sentido, no puede negarse que estuvo entre los pioneros de la música electrónica, y que mostró una perspectiva muy distinta a las exploraciones claustrofóbicas dadas en las propuestas alemanas, como a los paisajes contemplativos y casi estáticos trabajados por Brian Eno. Muy contrariamente, en Ten Kai, el músico presenta un sonido más amable con la audiencia. De tal forma que parte de las exploraciones de la electrónica alemana bajo la guía de Klaus Schulze, para usar arpegiadores y secuenciadores. Con estos establece las bases rítmicas. A esto suma algunos recursos de la música japonesa sin pretender mantener una relación antropológica o arqueológica.
La combinación de estos dos recursos es la que caracteriza el sonido de Kitaro y lo diferencia de otros artistas que igualmente comenzaban a sentir atracción por los emuladores electrónicos. Algunos ejemplos se encuentran en Isao Tomita y Ryuichi Sakamoto. Para éstos era claro que la fuerza de los sintetizadores no estaba en imitar instrumentos ya existentes, sino en ofrecer timbres sorprendentes en estilos que representaban la modernidad: la música occidental, tanto la académica como el rock y el jazz. Así, Tomita va a revestir la música clásica con una paleta tímbrica novedosa, aunque no siempre efectiva; y Sakamoto va establecer una fusión variopinta entre esta nueva electrónica, el jazz y el pop. En este sentido, lo que hace Kitaro resulta inesperado y novedoso. Mantiene una actitud más lírica ante su trabajo, y se aleja más de lo que otros hacían, pues aunque está seducido por la música europea, procura no renunciar a las referencias orientales. Así, las escalas occidentales van a estar aderezadas con los timbres del sitar o el koto.
Su trabajo es contemplativo, sin ser meramente ambiental. Así, acude al uso de fraseos breves para construir estribillos. Los sonidos sintéticos evocan paisajes y se condimentan con los timbres de algunos instrumentos electroacústicos, mayoritariamente interpretados por Kitaro: bajo, batería y percusiones diversas, guitarra, koto, mandolina. En Ten Kai, el músico es acompañado por dos invitados más, Ryusuke Seto y Lavi, quienes se encargan de la vihuela japonesa, el shakuhachi y el sitar. Las diez piezas se van entrelazando para conformar un todo.
Este primer trabajo ya presenta el sello distintivo de la música de Kitaro, con el atractivo de no ser, a pesar de su carácter melódico, un disco completamente complaciente. Las piezas construyen una realidad estética peculiar que ningún otro compositor logró, y que plantan la semilla para otros discos atractivos como lo son Daichi (1979) también publicado como From de Full Moon Story, Oasis (1979), Ki (1981), así como los discos que conforman la serie Silk Road (1980-81).
Es verdad, que el estilo de Kitaro ha tenido un desarrollo poco variable a lo largo de los años, que parece atrapado en el mismo universo sonoro que presentó desde Astral Voyager, y que por lo mismo, ha conformado clichés de una etiqueta que parece estar limitada a la producción de música etérea, repetitiva y, hay que decirlo, muchas veces soporífera. A pesar de esto, si se renuncia a los prejuicios que estos términos generan, se podrá apreciar que este compositor multi instrumentista, ha aportado trabajos que tienen el mérito de distinguirse frente a mucho desperdicio generado bajo el concepto new age. Su sonido no tiene parangón, y una buena parte de sus discos resultan imaginativos y placenteros.
domingo, 22 de marzo de 2020
Depeche Mode (1993).
Songs Of Faith And Devotion: Renovación en la tormenta.
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David Bowie (1977).
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